Alerta: escuela hebrea

Abril 22, 2008

Gustavo D. Perednik

El negro presagio de una escuela hebrea avasallada en Venezuela,
ha pasado casi inadvertido para el público europeo

En 1799, se encontró el cadáver de una mujer en una taberna próxima a Vitebsk en Belarús. Cuatro judíos fueron arrestados y acusados de crimen ritual. Por falta de pruebas fueron eventualmente liberados, pero para el poeta Gabriel Derzhavin el mero arresto fue suficiente para avivar sus sospechas judeofóbicas. Después de todo, si miles de judíos habían sido torturados y asesinados como castigo por el «libelo de sangre», sobraban motivos para sospechar.

Su Opinión elevada al zar acerca de la organización del status de los judíos en Rusia, concluye que

«en estas comunidades se hallan personas que perpetran el crimen, o por lo menos protegen a perpetradores, de derramar sangre cristiana, de lo que los judíos fueron sospechosos en varias épocas y en diferentes países. Opino que tales crímenes, incluso si a veces fueron cometidos en la antigüedad, eran llevados a cabo sólo por fanáticos ignorantes. Pero creo apropiado no pasarlos por alto.»

El fiscal venezolano Maikel Moreno puede remedarlo en una Opinión elevada al Presidente Chávez para prevenirlo de que

«los judíos complotan para derrocar a todos los gobiernos y dominar el mundo. Si bien en la práctica sólo los más fanáticos de entre ellos lo llevan a la práctica, no cabe dejar pasar por alto la acusación: Más vale prevenir por medio de allanarles la escuela, a ver si encontramos allí algún arsenal.»

Unión Israelita de Caracas Y se hizo la oscuridad. ¿No hubo armamentos en la escuela hebrea? ¿Sólo pizarrones y libros, y mil quinientos alumnitos estupefactos? Ah, perdón. Pasemos entonces a otra cosa. Hemos cumplido con nuestro deber. Después de todo, no podíamos dejar pasar la sospecha por alto, en el país en el que el Derzhavin de turno, Luis Tascón, distribuyó entre los entes estatales una lista negra de nada menos que cuatro millones de venezolanos que osaron firmar una petición que no plugo al régimen. Un país que se cuida de las confabulaciones.

Entre 1805 y 1816 volvieron a proliferar los libelos de sangre en Rusia y, para detener su diseminación, el ministro Golistyn ordenó que «de aquí en adelante los judíos no sean incriminados de asesinar niños cristianos cuando no hay evidencia».

Tal vez durante 2005 el gobierno venezolano haga circular una orden similar y reclame que ya no se acuse más a los judíos de ser oscuros confabuladores, mientras no haya al respecto evidencias más concretas.

Supongo que la circular no bastará, porque cuando el 20 de marzo de 1911 se encontró el cuerpo mutilado de un chico de doce años en las afueras de Kiev, la prensa zarista lanzó de inmediato otra campaña judeofóbica, acusando nuevamente a los judíos del uso de sangre con propósitos rituales. Las mismas imputaciones, detalle más, detalle menos, que el periódico chavista Vea, descarga contra el Estado de Israel. Los carteles del Partido Comunista de Venezuela lo explicitaron en diciembre de 2004 con una franqueza digna de Izquierda Unida: «No al terrorismo de los comandos israelíes.»

Impecable lógica. Los judíos habían tenido el tupé de que les allanaran la escuela, así que de algún modo había que recriminarles su terrorismo. Lo mismo argüían los volantes que la Unión del Pueblo Ruso repartía en el funeral del niño «mártir», o los informativos con los que la TV española cubre el terrorismo en el Medio Oriente.

El asesino del niño fue finalmente encontrado, pero el ministro de justicia ruso Scheglovitov, reparó en que la judeofobia era un negocio redondo para desviar la opinión pública de la insatisfacción bajo el zar, y procedió impertérrito a la acusación por crimen ritual.

Ojalá se capture también al asesino del fiscal venezolano Danilo Anderson, crimen que fue la excusa para invadir la escuela hebrea. Pero hasta tanto se da con el homicida, se ha decidido utilizar la pesquisa policial para despistar a los venezolanos insatisfechos (parecen ser por lo menos cuatro millones) insinuándoles quién es el ubicuo desestabilizador que tiene la culpa de todo.

En Rusia se descartó el informe policial, y se imputó el crimen al judío Mendel Beilis, un simple supervisor de un horno de ladrillos, que fue arrestado el 22 de julio de 1911. Permaneció dos años en prisión. El informe al zar Nicolás II sostenía que para el aparato judicial ruso, Beilis era el infanticida.

El aparato judicial venezolano azuza las sospechas acerca del judío oculto y complotador, que mata sin escrúpulos para despojar a los pueblos del globo de su felicidad. El ministro de Comunicación e Información, Andrés Izarra, notificó que en reunión de gabinete en Miraflores se debatió el allanamiento, pero no a los efectos de pedir disculpas a la comunidad judía, sino para acusar al «terrorismo mediático» que critica al gobierno. Para Izarra, no hubo acoso a comunidad alguna, sino las «necesarias investigaciones» que permitan culpar implícitamente al hebreo, para luego absolverlo, y en el camino hacer fluir el veneno judeofóbico, una verdadera panacea para explicar por qué a Venezuela le está yendo tan mal.

Después de todo, en 1998 el zar prometió que si no rescataba al país en un año, renunciaría, y durante este lustro la economía venezolana se hundió junto con sus vanas promesas. No le alcanzarán ni cien años, claro, porque sus recetas económicas fracasaron en todo el mundo y, sobre todo, porque el nefasto imaginario de su populismo maniqueo sólo logra espantar capitales y cerebros. Pero el verdadero problema, Hugo Chávez lo ve en la oposición, a la que socarronamente denominó «judío errante».

Como todo régimen demagógico, aspira a controlar los medios, corrompe y chantajea, para luego bajar una cortina de humo con la persecución judeofóbica que viene a poner las cosas en su lugar. Habrá, como hubo en la Rusia de Mendel Beilis, algunas protestas de artistas, académicos, científicos, eclesiásticos, y políticos. Probablemente no de los europeos clásicos, a quienes ni los inmutó el escandaloso allanamiento del colegio judío Moral y Luces, ocurrido el 29 de noviembre en presencia de mil quinientos niños judíos, porque la izquierda europea todavía estaba rindiéndole homenaje al más importante asesino de niños judíos contemporáneo, muerto veinte días antes en París donde recibió las exequias oficiales de un benefactor de la humanidad.

A la memoria de ese terrorista, Hugo Chávez dedicó el premio «a los derechos humanos», que recibió en esos días de manos de su colega libio Muamar Khadafi en Trípoli. Y ya que se trataba de celebrar derechos humanos, a la terna especialista Khadafi-Chávez-Arafat le faltaba el genocida iraní Jatami, a quien el feliz galardonado visitó inmediatamente en Teherán.

El fiscal ruso Vipper derramó en su alegato la ponzoña judeofóbica. Los judíos son un peligro. Afuera el terrorismo sionista de Rusia y de Venezuela.

Las autoridades venezolanas adujeron que, curiosamente, no pudieron encontrar en la escuela elementos criminales, como armas de fuego, artefactos explosivos, y equipos de comunicaciones que podrían esclarecer el asesinato del fiscal. Parece que ni siquiera la única judía de entre las centenares de escuelas venezolanas, ni ésa, se dedica a almacenar escopetas. Y los oficiales debieron retirarse ineficazmente sin encontrar nada, pero eficazmente sembraron tras de sí la acusación implícita. Y que después, el judío se defienda, que para eso está.

El jurado declaró por unanimidad que Mendel Beilis era inocente. Y la comunidad judía de Venezuela saldrá airosa y blanqueada de la infamia. Pero Beilis debió emigrar a Israel por las amenazas que recibía de las Centurias Negras. En cuanto a la comunidad judía de Venezuela, el pasado 5 de diciembre Gerver Torres la exhortaba en El Universal de Caracas a que permanezca en el deteriorado país, y no proceda como los judíos bajo el zarismo, o como los venezolanos y los cubanos, judíos o no, que cuando pueden emigrar, lo hacen.

El sacerdote Justin Pranaitis daba en Moscú de 1912 su testimonio «científico» sobre cómo practican los judíos el crimen ritual. El rabino de Moscú, Jacob Mazeh, desenmascaró a Pranaitis y demostró que nada sabía de Talmud y mucho de odio, y el rabino principal de la Unión Israelita de Caracas Pynchas Brener, protestaba en el diario caraqueño El Nacional, por la «primera agresión directa contra la comunidad», después de más de siete décadas de vida israelita en el país, intensa, organizada y creadora.

Profesores cristianos bienintencionados como Troitsky y Kokovtzoff, salieron en resguardo del judaísmo agredido en Rusia, tal como había hecho el fundador de la república checa, Tomás Masaryk, quien en 1900 se jugó en auxilio de los judíos cuando un tal Hilsner fue acusado de beber sangre. En realidad, decía Masaryk, «no defiendo a los judíos, sino a los cristianos, de la superstición».

Pero de nada le sirvió. Su cátedra universitaria fue suspendida debido a manifestaciones de estudiantes, seguidas por tumultos judeofóbicos en varios países, orquestados por el «especialista» vienés Ernst Schneider.

La atmósfera de odio contra los judíos crecía, porque durante dos años se debatía si es cierto o no, que los judíos beben sangre humana. ¿Ah, no? Bueno, que queden entonces libres Hilsner, Beilis, y los niños de la escuela hebrea, pidamos disculpas por las leves molestias, y retiremos del lugar a los agentes policiales. Gracias por vuestra comprensión, judíos, y hasta la próxima. Sólo se les pide que no protesten para no exacerbar los ánimos, y para proteger la escuela.

Cherchez le Rasputín

A partir de 1994, Chávez tuvo de asesor a su propio Pranaitis, un tal Norberto Rafael Ceresole que murió el 5 de mayo pasado a los sesenta años. Había sido guerrillero en la Argentina, y sus camaradas lo denominaban «un auténtico revolucionario contra el Orden Mundial yanquisionista». Todo dicho. El avasallamiento de la escuela fue la victoria póstuma de Ceresole.

Su libro de 1999 Caudillo, Ejército, Pueblo; el modelo venezolano o la posdemocracia proponía para «reflexión de cuadros políticos y militares próximos al presidente Chávez» que se creara una Oficina de Inteligencia para analizar (bajo su equilibrada dirección) los asuntos estratégicos de carácter nacional e internacional. El pueblo venezolano, explicaba Ceresole, había delegado su poder en un caudillo nacional-militar, que en esta «posdemocracia» que recomendaba debería concentrar todo el poder para una «estrategia antisistema».

Llamar fascista a Ceresole, es subestimarlo. Fue esencialmente un vocero del odio más violento que ametralla en cualquier dirección, y combinaba sin solución de continuidad, en sincretismo acorde a la época, comunismo con nazismo, islamismo y terrorismo. Una buena copia de su maestro Roger Garaudy, prologuista de su libro de 1997 El nacional judaísmo: un mesianismo pos-sionista.

Pero la brutal negación del Holocausto de Garaudy no le bastó a Ceresole, quien negaba también que hubiera habido atentado alguno contra la AMIA de Buenos Aires en 1994. Seguramente ahora habría escrito que el allanamiento de la escuela en Caracas fue una fantasía o una mera provocación judía más.

El prontuario con el que Ceresole ofreció sus servicios a Chávez era inmaculado: formación en la Escuela Superior de Guerra soviética, militancia en el ERP argentino, y asesoramiento del grupo de oficiales golpistas del coronel Aldo Rico.

Algunos de sus libros eran traducidos al árabe y al persa, y publicados en España por Al-Andalus. De los elocuentes títulos editados en España hay Terrorismo fundamentalista judío (1996), España y los judíos (1997), y La Conquista del Imperio Americano (1998). Más hispanoamericanos fueron Caracas, Buenos Aires, Jerusalem (2001) y La cuestión judía en la América del Sur (2003). Por favor, no hace falta leer más que los títulos.

Ahora, su brazo político en Caracas, finalmente arremetió, porque se encuentra en la necesidad de explicar por qué en la república popular veinte mil trabajadores petroleros venezolanos han sido echados a la calle por motivos políticos, sin recibir prestaciones sociales. Porque necesita esconder que si Venezuela viene sobreviviendo a Chávez, es sólo porque las riquezas petroleras permiten financiar allí, como en Arabia Saudita, la corrupción, la ineficiencia, el despilfarro, la destrucción de la economía. Y para explicarlo todo, alcanza con echar mano a la escuela hebrea.

No hace falta exagerar lo ocurrido, como hicieron quienes compararon el caso venezolano con el de la escuela rusa en Beslan, en donde a principios del último septiembre unos quinientos personas (casi doscientos niños) fueron asesinados por terroristas islámicos.

Aquí no hubo ni asesinatos ni islamistas. Hubo la expresión estratégica, monda y lironda, de un mediocre demagogo empeñado en perpetuarse en el poder a costa de los mejores valores de la sociedad venezolana.

Un gran escritor guatemalteco, Roberto Quezada, me ha inspirado la presente combinación de una realidad latinoamericana con la Rusia de los zares. Quezada, nacido en 1928 y residente en Los Ángeles, el año pasado presentó la segunda edición de su novela Ardillas Enjauladas, por la que en 1983 había obtenido el Premio Nacional de Novela de su país.

El argumento de la obra es paralelo al de la más famosa del judeoneoyorquino Bernard Malamud, El hombre de Kiev (1966), que le valió el premio Pulitzer, y que está basada precisamente en el mentado juicio contra Mendel Beilis.

La trama de Quezada transcurre en un país latinoamericano, bajo un fatuo presidente parecido a Anastasio Somoza, o a algún otro que se le ocurra al lector. El hombre inocente que ha sido condenado, es símbolo de todo un pueblo. Uno que, por ser acusado una y otra vez de cuanto crimen haya, debe ampararse exclusivamente en su poder de resignación.

Cuenta Quezada que su madre le auguró problemas por «andar escribiendo lo que no debe». Advertencia quizá digna de este artículo.

Agradezco al Dr. Gustavo D. Perednik por facilitarme el tema aquí expuesto.

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Prohibida su reproducción sin la debida autorización del
Dr. Gustavo D. Perednik.


Didáctica de la Shoá

Abril 22, 2008

Gustavo D. Perednik

La ONU ha resuelto que debe enseñarse el Holocausto
en el mundo entero. La pregunta es cómo se hará

La única sociedad nacional para la ayuda humanitaria que hasta ahora había sido excluida de la Federación Internacional, es la Asociación de la Estrella de David Roja (MDA), creada en 1930 paralela a la Cruz Roja, y rechazada durante setenta y cinco años porque utiliza un símbolo judaico. A principios de este diciembre la conferencia de la ONU en Ginebra aparentemente legitimará a la MDA, y éste será un paso histórico en aras de poner al pueblo judío en igualdad de condiciones en el concierto de las naciones.

Una segunda resolución de la ONU digna de encomio fue la unánime aprobación (1-11-05) de que cada 27 de enero –día de la liberación de Auschwitz, el campo de exterminio más grande de la historia humana– el mundo recuerde a la Shoá como «el intento metódico y bárbaro de exterminio de un pueblo entero, sin paralelo en la historia de la humanidad».

La singularidad del Holocausto, y la de la judeofobia que lo engendró, van siendo por fin aceptadas en los foros internacionales.

La mentada propuesta educativa fue elevada por cinco naciones: Israel, Estados Unidos, Canadá, Australia y Rusia, con el objeto de «desarrollar programas de enseñanza que se ocupen del Holocausto».

La conciencia acerca de la dimensión de la Shoá está cambiando para bien. Austria, hasta ahora pertinazmente renuente a admitir su rol de victimaria en la Segunda Guerra Mundial, ahora ha aceptado indemnizar a las víctimas del nazismo, tras conseguirse la garantía que exigían los austriacos de que dejen de demandárselos jurídicamente en EEUU. Para proceder al pago de indemnizaciones se utilizará un fondo de casi doscientos millones de euros creado en Austria hace un lustro.

En cuanto a la mentada resolución de la ONU, a pesar de que reconocemos la buena predisposición y el cambio positivo insitos en ella, por ahora no hay mucho lugar para el optimismo en cuanto a la efectiva aplicabilidad de la decisión.

La abrumadora mayoría de los docentes, cuando menos, no tienen mucha noción acerca del Holocausto, y en general mantienen al respecto una actitud de deliberada apatía. O bien porque les parece que el asunto emerge una y otra vez con exagerada obsesión, o bien porque consideran que no es necesario enseñarlo especialmente, ya que cabe en el contexto de la enseñanza de la historia de la Segunda Guerra Mundial.

Por ello, la consecuencia previsible de la indicación de la ONU será que, cuando deba enseñarse la Shoá en las escuelas del mundo el próximo 27 de enero y en los subsiguientes, podrá incluso llegar a ser contraproducente. En estos casos, enseñar mal un tema es peor que no enseñarlo del todo.

En vistas de la bienvenida resolución, es dable esperar que la ONU emita adicionalmente algún tipo de orientación didáctica en cuanto a qué significa «enseñar el Holocausto».

La cuestión obviamente no es meramente referir que al promediar el siglo XX Alemania asesinó a seis millones de judíos, incluidos un millón y medio de niños.

Más aún: podría suponerse que en alguna medida esa enseñanza ya está teniendo lugar, salvo que en algunos países se oculte adrede el fenómeno pese a sus enormes proporciones históricas.

El asunto que nos compete no se limita a enseñar la realidad factual de la Shoá, sino su singularidad. Y para ello, los docentes que han de dar lección requerirán sin duda de algún texto orientador.

Como docente en el área de la judeofobia y el Holocausto, procedo a enumerar aquí algunos puntos que podrían guiar a quienes, inspirados en la decisión emanada de la ONU, se propongan enseñar esos tópicos.

Tres consejos didácticos

De los ejercicios didácticos pertinentes, hay uno que permite focalizar la índole del Holocausto: el debate acerca de cuándo éste comenzó. Hay seis posibles respuestas, cada una con sus respectivas justificaciones y defectos, a saber:

1. En julio de 1925 con la publicación de Mi Lucha de Hitler
2. En enero de 1933 con la asunción de éste como jefe del gobierno alemán
3. En septiembre de 1935 con la promulgación de las Leyes de Nürenberg
4. En noviembre de 1938 con la Noche de los Cristales
5. En septiembre de 1939 con la invasión a Polonia (la mitad de los judíos asesinados fueron polacos)
6. En enero de 1942 con la conferencia de Wannsee en la que se coordinó la «Solución Final»

Cada una de estas posibles respuestas facilita el abordaje de aspectos diversos del Holocausto, como la premeditada intencionalidad del nazismo o la pasividad de la familia de las naciones, y también permite enfatizar aquel aspecto que a los ojos del docente o estudiante sea el más relevante: si el Holocausto se basó, entre otras, en la propaganda o en la ley, en la maquinaria estatal o en el ejército, en las fuerzas paramilitares o en la intimidación.

A partir de esa discusión, puede pasar a destacarse cómo el Holocausto constituyó un fenómeno único.

El judío había dejado de ser un mero chivo expiatorio; ya ni siquiera constituía un miembro de una raza inferior. Era el culpable de todo mal: la inflación, el crimen, o la derrota alemana en la Gran Guerra (esta acusación se llamaba «la teoría de la puñalada en la espalda»). El judío era el destructor inherente y el envenenador de la pureza y, como era además incorregible, restaba solamente que ¡Juda Verrecke! según el lema nazi: judería, pereced.

Siglos de odio acumulado se descargaron contra una población indefensa atrapada en Europa. Al comienzo se fingió legalidad, se simuló autodefensa nacional. Luego el programa se aceleró: aislamiento, pauperización, expulsión, exterminio. Pero incluso antes de que el gobierno actuase, las tropas de asalto nazis, la policía y los afiliados del partido tomaron la acción en sus propias manos. Las golpizas, los boicots económicos, y los asesinatos de judíos fueron experiencias cotidianas. Se condenó al ostracismo a los israelitas que ejercían como abogados, médicos, maestros, periodistas, académicos y artistas.

Por medio del insulto a los judíos se enseñó a la juventud alemana el rechazo de la convivencia sentimental. Los maestros lo hacían en clase reprimiendo «debilidades» de otros niños. Los niños hebreos eran insultados en las escuelas, por compañeros y por docentes, y regresaban a sus casas golpeados. Una estrella amarilla debía exhibirse en la ropa, los libros les eran incendiados en público.

Antes de que concluyera el fatídico 1933, los judíos alemanes eran adultos desesperados y niños aterrorizados. En septiembre de 1935 las Leyes de Nürenberg cancelaron la ciudadanía de todos los hebreos, quienes pasaron a ser «huéspedes». La única salida era la emigración o el suicidio. Se limitó la salida de bienes del país, y para 1938 no podía sacarse ni siquiera un marco. Esta medida enriquecía al gobierno con cada partida, y también hacía del judío un inmigrante más indeseable en los países a los que presentaba su solicitud.

En síntesis, una nación entera, de las más civilizadas del planeta, se trasformó en el brazo ejecutor de la judeofobia más brutal. Se aplicó la «ideología» nazi, o sea la remoción de los judíos de la sociedad humana, por medio de etiquetarlos como parásitos, como un virus infeccioso que amenazaba al mundo. La mitología judeofóbica llevó así al exterminio de un tercio del total de los judíos del mundo; Adolf Hitler despojaba la judeofobia de todos sus disfraces y desnudaba su esencia: instintos sádicos descontrolados, protegidos por la ley, por el Estado, y por el silencio del mundo.

Tanto la conferencia internacional de Evian (1938), como la de Bermuda (1943), no pudieron proveer a los judíos de un solo sitio en el que refugiarse. Las puertas de Eretz Israel permanecieron selladas por los británicos, quienes devolvían a Europa los barcos cargados de refugiados judíos, o los hundían y así condenaban a miles de fugitivos a ahogarse en el mar.

Hubo, sí, miles de «justos entre los gentiles» que expresaron solidaridad con los perseguidos, algunos incluso arriesgando así sus propias vidas. Pero a pesar de ellos, el panorama global fue de tétrica desilusión para los que creyeron que la judeofobia estaba por superarse. La opresión de los judíos se agravaba: desde legislación discriminatoria hasta exclusión de empleos de los que subsistir, desde actos de violencia contra individuos en las calles hasta campañas contra negocios de judíos, desde deportaciones y degradación hasta el exterminio. La mayoría de los gentiles cubrieron sus ojos, cerraron sus puertas a los que buscaban refugio, y aun fueron partícipes del asesinato, arrebatando las pertenencias de las víctimas y delatando sus escondrijos.

Todos los pedidos de los hebreos fueron virtualmente desoídos, incluida la solicitud de que se bombardearan los hornos crematorios de Auschwitz, o las vías férreas que conducían a ese lugar donde casi un millón y medio de judíos fueron asesinados después de inenarrables sufrimientos. Los ejércitos aliados se negaron al bombardeo por temor de que sus propios ciudadanos sintieran que habían sido arrastrados a una «guerra judía».

Llamar racismo a la «ideología» nazi es desjudaizar el Holocausto. Sólo en lo que concernía a los judíos fueron los nazis consistentemente «racistas». Sus principales aliados fueron un pueblo latino y uno oriental, Italia y Japón, y encontraron aliados en otro pueblo supuestamente «semita», los árabes. (Cuando el líder de los árabes palestinos, Hajj Amin Al-Husseini, en mayo de 1943 visitó al jerarca nazi Alfred Rosenberg, éste le prometió que se daría instrucciones a la prensa para limitar el uso de la voz «anti-semitismo» porque sonaba al oído como si incluyera el mundo árabe, que era mayormente germanófilo. Husseini participó del golpe pronazi en Irak en 1941, y residió en Alemania por el resto de la guerra. Reclutó a los voluntarios musulmanes para el ejército alemán y exhortaba al Reich a extender la «solución final a Palestina».)

El hecho es que el odio nazi se focalizó en los judíos con la virtual exclusión de toda otra «raza» (incluidos los gitanos que, si bien fueron asesinados en masa, en la visión de los nazis no pasaron de ser marginales). No fue debido al racismo que los nazis odiaban a los judíos, sino al revés: para ejercer su loca judeofobia utilizaron argumentos racistas.

Por única vez, una nación presentaba su reivindicación nacional en la forma del aniquilamiento de otra nación.

Una vez que la singularidad de la Shoá es establecida, deben tenerse en cuenta dos criterios didácticos adicionales:

El primero es que debe explicarse que lo que denominamos Segunda Guerra Mundial consistió en realidad en dos guerras simultáneas: una entre Alemania y los Aliados; la otra entre Alemania y el pueblo judío.

En la primera los ejércitos alemanes fueron la Wehrmacht o la Luftwaffe. En la segunda fueron otros: los Einsatzgruppen, las Unidades Calavera de Theodor Eicke, y en buena medida las Waffen-SS.

La peculiaridad de la segunda de esas dos contiendas, es que una de las partes involucradas estaba rematadamente desarmada, y no pudo sino morir en agonía.

El segundo criterio didáctico es que el Holocausto nunca debería estudiarse como resultado de la hiperinflación de la Alemania preguerra, o de su desempleo, o de su humillación. Ningún grado de crisis económica podría justificar semejante genocidio. Para comprenderlo se debe ahondar en la milenaria judeofobia que le dio lugar.

Durante las décadas y siglos que precedieron a la Shoá, elementos esenciales del pensar cristiano, socialista, nacionalista, iluminista y post-iluminista habían considerado intolerable la existencia de los judíos. Europa se había saturado de estos contenidos judeofóbicos hasta que emergieron brutalmente en Alemania.

Se pregunta Daniel Jonah Goldhagen: «aceptamos sin dificultad que los pueblos analfabetos creían que los árboles estaban animados por espíritus… que los aztecas creían que los sacrificios humanos eran necesarios para que saliera el sol… ¿por qué no podemos creer igualmente que muchos alemanes, aún en el siglo XX, suscribían a creencias absurdas… tendían al ‘pensamiento mágico’?» La superstición de aquella Alemania era que los judíos no son seres humanos.

Desentrañar esa superstición, que en cierta medida infestó a Europa por siglos, es la clave para intentar un ajustado conocimiento de la Shoá.

Agradezco al Dr. Gustavo D. Perednik por facilitarme el tema aquí expuesto.

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Prohibida su reproducción sin la debida autorización del
Dr. Gustavo D. Perednik.


¿Es o no es antisemita?

Abril 21, 2008

El siguiente artículo fue publicado en el Diario Perú.21 el Domingo, 23 de julio de 2006.

Es realmente terrible y lamentable que personas que no tienen el conocimiento, ni la menor idea, de la verdadera realidad de lo que ocurre y del porque, del conflicto Árabe-Israelita, emitan sus erradas y parcializadas opiniones en los medios de comunicación masiva; influenciando al lector con una idea falsa y por ende creando subconscientemente una animadversión hacia quienes en realidad son la victimas.

Juzguen Uds. si este Sr. Pásara, es un antisemita o no.

Víctimas del prejuicio religioso y de la discriminación étnica, los judíos han construido un Estado que trata a sus adversarios como Occidente los trató
Israel siembra antisemitismo
El conflicto árabe-israelí tiene una larga historia de raíces étnicas. En cambio, el antisemitismo tiene su origen en razones religiosas enraizadas en el conflicto entre cristianos y judíos, según señalan los historiadores del tema. Hoy en día, sin embargo, el conflicto en Oriente Medio superpone ambos elementos. Y el comportamiento del Estado de Israel en él alimenta un antisemitismo que amenaza su futuro.

Los judíos sufrieron persecución históricamente por cuestiones religiosas. La Iglesia Católica, en particular, no sólo alentó el rechazo contra ellos sino que los persiguió. La Inquisición acusó y condenó a los judíos simplemente por serlo. Los curas alimentaron el odio hacia ellos, hasta hace poco, con la versión de que Cristo fue muerto por los judíos, omitiendo en esta distorsión interesada el hecho fundamental de que Jesús mismo fue judío.

En ese marco, el antisemitismo surgió, según los especialistas, en el siglo 19, en Francia. Apareció de la mano del nacionalismo que propugna la identidad de pueblo, nación y Estado. Por la diferencia étnica, los judíos no pertenecían, según esta lógica, al pueblo con el que vivían y, en consecuencia, no eran parte de la nación; se les consideraba apátridas. El famoso caso Dreyfus condensa este proceso, a fines de ese siglo, al condenarse en Francia a un capitán judío por espionaje, sin pruebas.

El término ‘antisemitismo’ apareció en 1879. Hitler retomó esa tradición, en nombre de razones pretendidamente científicas que señalaban inferioridad racial en los judíos, y el nazismo propuso en 1920 retirar todo derecho a esta población. El siguiente, horroroso, capítulo es aquello que se conoce como el holocausto. Se trató de eliminar a los judíos que vivían en Europa a través de una matanza de proporciones colosales. Este crimen enorme dio origen a un nuevo concepto: genocidio, que consiste precisamente en el “exterminio o eliminación sistemática de un grupo social por motivo de raza, de etnia, de religión, de política o de nacionalidad”.

La tragedia alimentó el proyecto de Israel, una nación y un Estado para quienes, por ser judíos, no eran admitidos plenamente como ciudadanos de otras naciones. En eso consiste el proyecto sionista, que en realidad es previo al holocausto: ya en 1917 contó con el apoyo abierto del gobierno británico. Al otorgar la Liga de Naciones la administración de Palestina a Gran Bretaña, Londres favoreció una masiva inmigración judía a ese territorio. La Agencia Nacional Judía encabezó los esfuerzos para lograr la constitución del Estado de Israel y en su lucha echó mano reiteradamente al terrorismo, con el fin de apurar una decisión inglesa que diera paso al nuevo Estado.

En noviembre de 1947, la Asamblea General de Naciones Unidas aprobó el plan de constituir dos Estados en el territorio palestino, sin consultar la opinión árabe. En mayo de 1948 se proclamó el establecimiento del Estado de Israel y el conflicto árabe-israelí se desarrolla en el nuevo escenario. Las naciones árabes invadieron al flamante Estado, que ganó su primera guerra y expandió el territorio que le había otorgado Naciones Unidas. Desde entonces, el conflicto sólo se ha amortiguado en algunas etapas, pero ha recrudecido ferozmente en otras, como ocurre ahora.

Un aspecto central de esta lucha prolongada corresponde a la ocupación del territorio por unos y otros. Está documentada la expulsión brutal de población palestina que ejecutaron las autoridades israelíes, apenas instalado el nuevo Estado, a fin de que fueran judíos quienes predominaran en el territorio. Es una lógica que ve con preocupación cómo los árabes se reproducen más rápidamente que los judíos, pese a la continua inmigración de éstos desde diferentes partes del mundo. De allí proviene la deliberada política israelí de acosar a la población palestina y hacer muy difícil vivir en los territorios ocupados; se busca expulsar a la población árabe. De allí también la política de ocupar crecientemente tierras mediante los llamados colonos y, más groseramente, la construcción de ese muro que se apropia de territorio palestino, con el pretexto de defenderse de los ataques de la población invadida.

La historia explica el conflicto pero el comportamiento de Israel resulta paradójico. Aplica a sus adversarios mucho de aquello que los judíos recibieron en Occidente. Con base en el uso de la fuerza que da la superioridad militar -hecha posible por Estados Unidos-, Israel deteriora progresivamente las condiciones de vida en las dos áreas de territorio palestino que mantiene cercadas y ahora realiza de nuevo una vasta tarea de destrucción en Líbano. Se vale del terrorismo de Estado, al practicar secuestros de militantes palestinos y ‘asesinatos selectivos’ cuando y donde decide su gobierno, matando de paso a cuantos inocentes caigan en el camino. Bombardea sin disimulos a población civil para desmoralizar a sus adversarios. Ignora la autoridad de Naciones Unidas, cuyas resoluciones el Estado de Israel viene incumpliendo de manera sistemática. A Israel -como a todos aquellos que persiguieron sangrientamente a los judíos- le basta con usar la fuerza.

El prepotente abuso de Goliat busca justificación mediante el recuerdo del holocausto, que los grupos de influencia judíos mantienen vivo en el mundo a través de películas, series de televisión, museos y múltiples actividades. Los grupos dirigentes en los países más poderosos del mundo están con ellos, como se demostró en la reciente declaración del Grupo de los Ocho en San Petersburgo y, en estos días, en las resistencias en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas a imponer un alto el fuego en Líbano, como reclama Kofi Annan.

“Israel tiene derecho a defenderse”, es el estribillo repetido hipócritamente desde Washington. En los cinco años previos al inicio de la actual ofensiva de Hezbolá sobre el norte de Israel, ocho judíos murieron a causa de cohetes disparados por guerrilleros palestinos. Es un número menor al de palestinos asesinados diariamente en ataques israelíes sobre los territorios ocupados. Compárese el número de israelíes muertos con el de libaneses caídos en el conflicto de estos días -la proporción es de uno a diez- para comprobar el desbalance entre el secuestro de dos soldados y la respuesta israelí. El Estado de Israel no se defiende sino que busca aplastar al oponente. Con los ataques de los combatientes de Hezbolá, el pueblo judío siente ahora en carne propia algo de aquello que su gobierno da a diario a los palestinos y esta semana ha descargado sobre los libaneses.

El sentimiento antisemita ha revivido en muchos países y, por cierto, es enorme y creciente en el mundo árabe. Es verdad que muchos israelíes desaprueban lo que hace su gobierno y, en todo caso, es preciso distinguir entre el gobierno de Israel y el pueblo judío. Como es necesario diferenciar el gobierno de George W. Bush del pueblo estadounidense, tal como acaba de recordárnoslo Charles Swift, ese abogado, capitán del cuerpo de marines, que ha logrado que la Corte Suprema de Estados Unidos le diga al presidente que no tiene derecho a hacer lo que está haciendo en Guantánamo. Un pueblo no puede ser juzgado sólo por el gobierno que tiene.

Sin embargo, la opinión pública mundial sobre Estados Unidos como nación ha desmejorado dramáticamente durante la administración Bush. De manera similar, las actitudes antijudías están creciendo inevitablemente desde la terrible represión israelí de la Intifada palestina. Esos sentimientos son motorizados por la comprobación de que ahora en Líbano, como siempre en Palestina, los ataques israelíes no están centrados en los combatientes armados que atentan contra Israel sino que buscan matar a población civil y destruir los recursos del país del adversario.

Entre quienes sufren la agresión, se está sembrando un odio que durará generaciones. La búsqueda de seguridad, mediante el uso indiscriminado de la violencia que cínicamente se critica en el oponente, garantiza precisamente lo contrario. El Estado de Israel prepara ahora en dos frentes las condiciones propicias a su inseguridad, al ignorar lo que debió aprenderse de la propia historia del pueblo judío.


Mario Vargas Llosa, otro antisemita Peruano

Abril 17, 2008

Jorge Mario Pedro Vargas Llosa (Arequipa, 28 de marzo de 1936), más conocido como Mario Vargas Llosa, es uno de los más renombrados autores que escriben en español, reconocido a nivel mundial como novelista, periodista, ensayista y político peruano.

Sí pues, Mario Vargas Llosa es antisemita. Triste y vergonzoso.


Vargas Llosa no perdona

Abril 17, 2008

Por Dr. Gustavo Daniel Perednik

¿Hay algún caso en que un intelectual de derechas alabe ideológicamente a un comunista, cifre en éste las esperanzas de paz y lo defina como uno de “los justos”? Sí: el primero se llama Mario Vargas Llosa y el segundo tiene el tino de pertenecer a un grupúsculo de israelíes (popular en Europa) que aspira a la destrucción de nuestro Estado, el único del planeta que para muchos merecería desaparecer.

Me apresuro a puntualizar, antes de que se me reproche ver judeófobos por doquier, que no estoy acusando a Ilán Pappe de procurar desmantelar el Estado judío: me limito a recoger sus propias declaraciones e incendiarios escritos contra Israel. Señalo la judeofobia, no la vitupero.

Los análisis sociales de este estalinista reciclado han sido reiteradamente refutados por la realidad (tal como los del resto de ellos), pero Vargas Llosa lo rescata de su anacronismo y con profunda empatía hacia él cierra una serie de siete artículos recién publicados en varios medios, siempre sedientos éstos de veneno contra Israel, que el peruano proporciona a raudales.

Los artículos declaman el sufrimiento de los palestinos, las limitaciones a su transporte, su rezago, los controles que incomodan sus vidas. ‘El muro’, ‘Ratoneras humanas’ y ‘El horror’ son algunos títulos de la despiadada tergiversación de los hechos, la difamación de nuestro pueblo y las caricaturas de judíos brutales.

En sus casi tres mil palabras, la nota sobre la ciudad de Hebrón ni menciona su historia básica: capital del antiguo Israel, fue residencia de judíos por milenios, hasta que en agosto de 1929 (cuatro décadas antes de que “la ocupación” sirviera de excusa) terroristas árabes exterminaran a la comunidad hebrea, mujeres y niños incluidos.

La limpieza étnica de Hebrón –ocultada por Vargas Llosa– sustenta la demanda de la izquierda de que la población de la ciudad deba ser exclusivamente árabe. El Estado palestino en gestación viene perfilándose tan políticamente correcto que a los judíos no se les permitirá residir en él: aunque haya pujantes ciudades árabes dentro de Israel, se acepta que la pax arábiga sea sin israelitas.

Robert J. Aumann, premio Nobel de Economía.A Vargas Llosa eso no le molesta, porque su molestia fue acaparada por los judíos sionistas y religiosos, a quienes considera “peligrosísimos” mientras uno de ellos, matemático de la Universidad Hebrea, recibía esta semana el premio Nobel de Economía y los demás siguen dedicándose a construir el país con devoción y sin estridencias, y aspirando a la paz, la verdadera paz, que nunca emergerá del maniqueísmo vargasllosista, en el que Israel siempre es el malo.

Su amada ultraizquierda

Especialista en Israel, a este país circunscribe Vargas Llosa su izquierdismo, pero colocándose más a la izquierda del laborismo clásico. Éste le resulta excesivo en el mundo pero insuficiente en Israel, donde abraza a la ultraizquierda. La misma que fuera responsable de que nos entregáramos a las cuidadosas manos de Arafat, la que nos arrastró al peor baño de sangre de la historia de Israel, mientras Vargas Llosa se condolía por los niños palestinos trabados por controles pero nunca por los niños hebreos asesinados y mutilados en ómnibus y pizzerías. Después de todo, de unos y otros es culpable “la ocupación” de los israelitas.

Especialista en paz, Vargas Llosa sentencia una receta que ya ha fracasado una y diez veces, la de la ultraizquierda autista, a cuya versión israelí elogia como “la más noble izquierda del mundo”.

Especialista en ética, Vargas Llosa saltea que ese sector, más peligroso que sus peligrosísimos, es el mismo que en Europa reclamaba el desarme unilateral frente a Hitler, el que se enamoró de Stalin y de Arafat (también en Israel) y el que terminó clamando por la paz en Irak solamente cuando este país era liberado del yugo de Sadam pero nunca durante los veinte años previos de constante guerra que le impuso el tirano. Esa es la nobilísima izquierda de Vargas Llosa, a la que atribuye exclusividad de “idealismo, pasión por la verdad y sentido ético”.

Especialista en cuestiones de seguridad, advierte que, aunque los atentados terroristas hayan disminuido mucho gracias a la reversible valla de seguridad, la necesidad israelí de defenderse es una cortina de humo para ocultar las siempre maquiavélicas motivaciones de nuestro pueblo.

Alambradas maléficas son sólo las judías. No existe ninguna en Melilla, ni hay allí africanos que mueren víctimas de la desesperación, porque ésta es privativa de los palestinos.

La soberbia llega a su clímax cuando el yerno de Vargas Llosa, Stefan, rodeado de los “peligrosísimos”, anuncia ser el único judío. Tan insuperables son su devoción judaica y su humildad que el joven descalifica la judeidad de aquellos a quienes no (nos) considera tan buenos judíos como él.

Desfile de la organización terrorista islámico-palestina Hamás.Aun en el único artículo dedicado “a la sombra del terror” –que podría haber constituido el único amistoso para compensar a seis hostiles– termina por prevalecer la palabra comprensiva para quien se mata para gozar matando a otros.

Se las ingenió incluso para entrevistar víctimas judías del terrorismo que afirmen que “se han cometido injusticias contra los palestinos”. En el mundo vargasllosiano, los únicos contra los que no se cometen injusticias (sino actos de desesperación) son los judíos.

No despierta su curiosidad que se haya topado con muchos israelíes que se compadecen de la pesadumbre de palestinos pero ni un palestino que entienda a los israelíes. Más aún: en sus notas tampoco aparecen siquiera judíos que se identifiquen con sus hermanos agredidos. Qué solitario fue y es el dolor judío.

No condena que la Autoridad Palestina difunda desde su televisión a párvulos comprometidos a asesinar suicidalmente. A los terroristas antijudíos Vargas Llosa los clasifica en dos categorías: o bien se trata de islamistas locos (y en este caso los dibuja tan absurdos que también aquí se desentiende de la realidad) o bien son legítimos desesperados. Nótese que no debe de haber en la Tierra más pueblo desesperado que el palestino, ya que ningún otro ha caído en la feroz orgía de sangre que Vargas Llosa comprende.

Para confundir más, cita a palestinos que reprueban el terrorismo suicida, aunque cuidadosamente omite que no hay reprobaciones morales: los pocos que denuestan públicamente a los “sahids” se limitan a reconocer que el asesinato de niños judíos “no responde a los intereses palestinos”. Para Vargas Llosa eso es suficiente, porque recordemos que los peligrosísimos somos los sionistas cuando nos defendemos.

Sobre los miles de judíos que han perdido hijos y padres en actos de terror, la mera conclusión de las notas es que “el mundo está loco” y que “la tierra vuelve fanáticos”, probablemente “en ambos bandos de la espiral de violencia”.

Y en el resto de los artículos, a tergiversar los hechos, difamar a Israel e inventar judíos estereotípicos inspirados por el numen para matar.

Parecen no haber sido los líderes palestinos (y sus secuaces en Europa) quienes envenenaron el alma de su pueblo, azuzado una y otra vez a una guerra imposible para destruir a Israel, adoctrinados sus niños en el odio desde las escuelas, en las que se les enseñó que no sean ni médicos ni agricultores sino que, cuando lleguen a la pubertad, se maten a fin de asesinar a muchos judíos, cuanto más jóvenes y más numerosos los muertos, mejor.

Porque el problema es Israel, y el resto debe silenciarse porque socavaría los ilustres prejuicios que traía Vargas Llosa antes de llegar aquí, y que fueron objetivamente “corroborados” por anfitriones perfectos: israelíes que odian a Israel, como Amira Hass y Guideón Levy, que no representan ni al medio por ciento de la población hebrea.

Berl Katznelson.Los que para Vargas Llosa son modelos y hebreos por antonomasia fueron así definidos ya en 1936 por el pionero del sionismo laborista, Berl Katznelson: “Retorcidos emocional y mentalmente, consideran despreciable y odioso todo lo que hace su nación, mientras que el asesinato, violación y asalto cometido por sus enemigos llena sus corazones de admiración y reverencia”.

El problema es “la ocupación” y no el impulso destructor del mundo árabe-musulmán, esa mezcla de fascismo, misoginia, medioevo y esclavitud que ha declarado la guerra a Occidente, con Israel como blanco predilecto.

No importa que los gobiernos israelíes estuvieran y estén abocados a terminar con “la ocupación” en la mesa de negociaciones, ni tampoco que ante la falta de respuesta seria a sus ofertas hayan procedido –en patente mentís al cacareo de nuestra vocación “ocupadora”– a desarraigar a sus propios ciudadanos, un gesto de sacrificio que ninguna democracia ha realizado jamás.

Para Vargas Llosa ningún esfuerzo vale: el problema es y será Israel. La piedad del peruano no ve a las familias de centenares de adolescentes judíos asesinados o mutilados en fiestas de cumpleaños y ómnibus escolares; ve exclusivamente la demolición de las casas de terroristas, y ve con alarma toda medida que Israel tome para protegerse. Nuestra mera autodefensa parece ser la agresión, y por ello nunca explica que no se explique que no haya explicación de por qué la OLP de Arafat nos mataba mucho antes de la ocupación, y el terrorismo árabe mucho antes de la creación del Estado hebreo.

Vargas Llosa hace hablar a “la minoría de los moderados entre los israelíes” (obviamente, entre los palestinos la moderación es la norma) que se declara dispuesta a la renuncia territorial en aras de la paz. Se olvida del detalle menor de que eso es precisamente lo que Israel en su conjunto viene proponiendo desde siempre, y es lo que ofreció Ehud Barak a Arafat en presencia de Clinton en julio de 2000, gesto que fue respondido con cuatro años de sangrientos atentados sin contrapropuestas.

Pero los vargasllosas se las ingenian para encontrar en los defectos de Israel la causa de las desgracias. Como dijera su par Mikis Teodorakis, somos “la raíz del mal”.

Fútiles son los esfuerzos israelíes en aras de la paz, porque, aun en el momento en que los palestinos finalmente depongan su odio y se asocien a nosotros para civilizar el desierto, siempre reaccionará algún Vargas Llosa –europeo o israelí– incitándolos a la guerra, porque nuestra vitalidad le resulta imperdonable.

Agradezco al Dr. Gustavo D. Perednik por facilitarme el tema aquí expuesto.

©

Prohibida su reproducción sin la debida autorización del
Dr. Gustavo D. Perednik.


La Naturaleza de la Judeofobia - CLASE CINCO

Abril 17, 2008

Dr. Gustavo Daniel Perednik

CLASE CINCO

Matanzas Totales: Ocho Ejemplos

Vimos cómo a partir del cristianismo fue gestándose una judeofobia novedosa, más grave, que alcanzó su acérrimo punto durante el siglo IV, llamado por Flannery “el más funesto”. La teología de odio hacia los judíos se expresó en bulas papales, y en la persecución a los judíos por medio de sermones y bautismos por la fuerza, quemas y prohibiciones de libros, disputas y ghettos.

En esta lección anadiremos dos prácticas: las expulsiones sistemáticas de judíos, que también fueron la política a partir del mentado siglo IV, y las matanzas en gran escala, que comenzaron en el siglo XI.

Hubo precedentes de expulsiones en Roma (tres veces: en el 139 a.e.c., en el 19 e.c. por Tiberio y en el 50 e.c. por Claudio); y en Jerusalem, a la que los judíos tuvieron prohibida la entrada entre el 135 y el 638. Pero las expulsiones posteriores incluyeron la remoción de judíos de países enteros y por períodos extensos (por ejemplo, para fines del siglo XIII, ya habían sido expulsados de Inglaterra, Francia y Alemania).

Debido a las persecuciones, y a las restricciones a sus ocupaciones, cuando un judío llegaba a enriquecerse, optaba por invertir sus bienes en contante y sonante, y no en bienes inmuebles. Por ello, frecuentemente era utilizado por los reyes como prestamista oficial del cual obtener recursos al contado, con la ventaja adicional de que dichas operaciones no estarían sometidas a las limitaciones eclesiásticas en materia de préstamo a interés.

Asimismo, el rey unificaba las actividades financieras por medio de colocar al judío como colector de los impuestos que cobraba a los campesinos. Así, a los ojos de éstos el judío agravaba su imagen por medio de la odiosa tarea, que era su modo de garantizar su incierta existencia.

La realeza protegía a “sus judíos” mientras le resultaban útiles, y hasta tanto no estallara el clamor de los deudores empobrecidos. Cuando el resentimiento de las masas hervía debido a los altos impuestos, el rey transformaba a los judíos en chivos expiatorios, se unía a la furia popular, y echaba mano a la mitología judeofóbica. Se atribuía visos de “buen cristiano” aun cuando sus móviles hubieran sido meramente económicos. Y al rey se asociaban comerciantes y artesanos cristianos que repentinamente se veían libres de la competencia de los judíos. Así ocurrió casi en cada país europeo.

En Inglaterra, durante la guerra civil de 1262, los judíos fueron atacados en muchas localidades; sólo en Londres mil quinientos fueron asesinados. En el 1279 todos los judíos de la ciudad fueron arrestados bajo cargo de que adulteraban la moneda del reino. Después de un juicio en Londres, doscientos ochenta fueron ejecutados y el rey Eduardo I ordenó la expulsión de todos los demás, apropiándose de todas sus posesiones. El plazo para abandonar el reino fue el Día de Todos los Santos del ano 1290.

En octubre, dieciséis mil judíos partieron a Francia y Bélgica; muchos de ellos perecieron apenas cruzado el río Thames en el que un capitán los hacía ahogarse. La readmisión de los judíos a Inglaterra se produjo sólo en 1650.

Francia los expulsó de la mayor parte de su territorio en 1306 (y los que eventualmente regresaron, volvieron a ser expulsados en 1394) y no fueron oficialmente readmitidos hasta 1789. De las diversas regiones de Alemania fueron expulsados mayormente durante la Peste Negra, a la que nos referiremos en la próxima lección. En Rusia la residencia de los judíos fue prohibida entre el siglo V y 1772 (cuando masas judías fueron incorporadas desde los anexados Polonia-Lituania). En 1495 fueron expulsados de Lituania, y readmitidos ocho anos después. Expulsiones de ciudades específicas hubo muchas, como Praga en 1744 o Moscú en 1891.

La expulsión más destacada es la de Espana, en 1492, que removió por virtualmente medio milenio a casi trescientos mil judíos, la mayor comunidad hebrea de la época, que había producido filósofos, astrónomos, poetas, médicos y notables contribuciones al Siglo de Oro espanol.

Después de la boda entre Fernando e Isabel, que unificó los tronos de Castilla y Aragón en 1479, la homogeneidad nacional espanola se transformó en un objetivo real, y los judíos (y más tarde los conversos) fueron percibidos como una amenaza a dicho objetivo.

Al principio, los Reyes Católicos continuaron usando funcionarios judíos y conversos, pero ulteriormente requirieron del papa que extendiera a su reino las actividades de la Inquisición. En el 1480 dos dominicos fueron designados inquisidores y en los seis anos siguientes más de setecientos conversos fueron quemados en la hoguera. Tomás de Torquemada, confesor de la reina, fue nombrado Inquisidor General en el 1483, y la institución impuso el terror a los judíos de aldea en aldea. En una década la Inquisición condenó a trece mil conversos, hombres y mujeres.

La marcha hacia la completa unidad religiosa fue vigorizada cuando cayó el último bastión del poder musulmán en Espana, con la entrada triunfal de los Reyes Católicos en Granada, el 2 de enero del 1492. La presencia de miles de conversos que se mantenían secretamente fieles al judaísmo, fue considerada un escándalo que probaba que no bastaban la segregación de los judíos y restricciones a sus derechos: los Nuevos Cristianos aún debían ser alejados de la influencia de judía.

El edicto de expulsión total fue firmado en Granada y en mayo comenzó el gran éxodo. A partir de entonces, la vieja preocupación acerca de los Nuevos Cristianos se transformó en una obsesión contra aquellos que habían permanecido. Se prohibió a los Marranos y sus descendientes ejercer cargos públicos, así como la pertenencia a corporaciones, colegios, órdenes, e incluso la residencia en ciertas ciudades.

Los roles públicos fueron reservados en exclusividad a los cristianos de “ascendencia impecable”, es decir quienes no eran sospechosos de antepasados judíos cualesquiera. Si no quedaban judíos, pues el odio judeofóbico necesitó de otro continente para descargarse: los Nuevos Cristianos. Con el transcurso del tiempo, fueron redoblándose los esfuerzos para desenterrar todo resabio de antepasados “impuros” que hubiera sido pasado por alto.

En Portugal, la discriminación legal entre Viejos y Nuevos Cristianos fue abolida oficialmente sólo en 1773. Espana fue más lejos: hasta 1860 se exigía pureza de sangre para ingresar a la academia militar, y la más prestigiosa de sus escuelas, la San Bartolomé de Salamanca, se ufanaba de que rechazaba todo candidato sobre el que se corriera el más mínimo rumor de contar con antepasados judíos. Pero nadie podía estar absolutamente seguro de tener “pureza de sangre desde tiempo inmemorial”, por lo que la mancha era negociable por medio de testigos sobornados, genealogías barajadas y documentos falsificados.

Con todo, el más atroz de los sufrimientos judíos aún no ha sido abordado. Lo descripto hasta ahora fue muchas veces considerado un mal menor, ya que la acechanza de genocidios siempre se cernía sobre los judios. Así se infiere por ejemplo de los escritos de un conocido filósofo y rabino, el Maharal de Praga. Este anota que la era del exilio que a él le había tocado en suerte era tolerable porque el principal sufrimiento se limitaba a las expulsiones. Así reza un poema de Eljanan Helin de Frankfurt de 1692: “partimos en júbilo y en tristeza; aflicción, debido a la destrucción y la desgracia. Mas nos alegramos de haber escapado con tantos sobrevivientes”. También en Tevie el Lechero, la famosa obra de Scholem Aleijem (1894), toma las expulsiones con ligereza: la razón por la que usamos sombreros, deduce, es que debemos estar siempre preparados para partir en cualquier momento.

Sin embargo, las expulsiones no sólo significaban ingentes pérdidas de propiedad, sino un debilitamiento de cuerpo y de espíritu. Dejaron una marca indeleble en el pueblo judío y su devenir, con sentimientos de extranjería. Los judíos eran como empujados a los márgenes de la historia. Considérese que después de 1492 no había judíos abiertamente identificados a lo largo y ancho de toda la costa europea del Atlántico Norte, durante un período en el que allí estaba el centro del mundo.

Matanzas Totales: Ocho Ejemplos

Pero la peor parte del martirio judío fueron sin duda las matanzas, que desde la antigüedad habían tenido lugar esporádicamente, y desde las Cruzadas fueron sistemáticas. La judeofobia fue superando su crueldad a lo largo de los siglos, y cada superlativo iba empequeneciéndose por eventos posteriores.

Matanzas bajo dominio cristiano, datan ya de los primeros siglos. En Antioquía (ciudad que asumió en el Este la importancia de Alejandría) facciones enfrentadas (los azules y los verdes) terminaron por masacrar judíos e incendiar la sinagoga de Daphne junto con los huesos de las víctimas (circa 480). El emperador Zenón se limitó a comentar entonces que hubiera sido preferible quemar a los judíos vivos.

Pero esas masacres ocasionales devinieron en norma durante la primera mitad de este milenio, el período en el que la Iglesia alcanzó el cenit de su poder. A modo de resumen, digamos que los principales genocidios de judíos en la primera mitad del milenio tuvieron lugar en el transcurso de cada una de las tres primeras Cruzadas, y de cuatro campanas judeofóbicas que las sucedieron. Anadiré a su enumeración, el ano y el nombre de los cabecillas, a saber: la Primera Cruzada (Godofredo de Bouillon, 1096); la Segunda Cruzada (el monje Radulph, 1144); la Tercera Cruzada (Ricardo Corazón de León, 1190); los Judenschachters (Rindfleisch, 1298); los Pastoureaux (el fray Pedro Olligen, 1320); los Armleder (John Zimberlin, 1337); y la Muerte Negra (Federico de Meissen, 1348).

Como escribiera Flannery, para encontrar en la historia de los judíos un ano más fatídico que 1096, habría que remontarse a mil anos antes hasta la caida de Jerusalem, o a casi nueve siglos después hasta el Holocausto. Todo comenzó el 27 de noviembre del 1095 en la ya mencionada ciudad de Clermont-Ferrand, cuando durante la clausura de un concilio, el Papa Urbano II convocó una campana “para liberar Tierra Santa del infiel musulmán”. Hordas de caballeros, monjes, nobles y campesinos, se lanzaron sin organización a la aventura, pero eventualmente optaron por comenzar la purga de los “infieles locales”, y acometieron ferozmente contra los judíos de Lorena y Alsacia, exterminando a todos los que se negaban a bautizarse. Corrió el rumor de que el líder Godofredo había jurado no poner en marcha la cruzada hasta tanto no se vengara la crucifixión con sangre judía, y que no toleraría más la existencia de judíos.

En efecto, un común denominador de las matanzas enumeradas fue el intento de barrer a la población judía íntegra, ninos incluidos. Los judíos franceses advirtieron del peligro a sus correligionarios alemanes, pero infructuosamente. A lo largo del valle del Rhin, las tropas, incentivadas por predicadores como Pedro el Hermitano, ofrecieron a cada una de las comunidades judías la opción de la muerte o el bautismo. En Speyer, mientras los crusados rodeaban la sinagoga, en donde se había refugiado la comunidad presa del pánico, una mujer reinició la tradición de Kidush Hashem, la aceptación voluntaria del martirio para gloria de Dios. Cientos de judíos se suicidaron y algunos aun sacrificaban primero a sus propios hijos. En Ratisbon, los cruzados sumergieron a la comunidad judía entera en el río Danubio a modo de bautismo colectivo. Las matanzas se sucedían en Treves y Neuss, en las aldeas a lo largo del Rhin y el Danubio, Worms, Mainz, Bohemia y Praga.

El fin del viaje era Jerusalem, en donde los crusados hallaron a los judíos agolpados en sus sinagogas y procedieron a incendiarlas (1099). Los pocos sobrevivientes fueron vendidos como esclavos, algunos de los cuales fueron eventualmente redimidos por comunidades judías de Italia. Pero la comunidad judía de Jerusalem quedó destruida por un siglo. En los primeros seis meses de la Primera Cruzada aproximadamente diez mil judíos fueron asesinados, que constituían en esa época un tercio de las poblaciones judías de Alemania y el norte de Francia.

En el ano 1144, los cruzados perdieron Edessa, y se temió por la suerte del Reino Latino de Jerusalem. El Papa Eugenio III convocó la Segunda Cruzada, y sus sucesores “judaizaron” la marcha. Se estipuló que no debía pagarse interés sobre el dinero que se tomara de de judíos para financiar la cruzada (nótese que desde el siglo XIII el término cruzada se aplicó a toda campana de la que la Iglesia se veía políticamente beneficiada).

En el 1146 el monje Radulph exhortó a los cruzados a vengarse en “los que crucificaron a Jesús”. Centenares de judíos del Rhineland cayeron ante las hordas incitadas que los aplastaban al grito de Hep, Hep! (esta consigna, que probablemente era la abreviatura del latín Jerusalem se ha perdido, fue un lema judeofóbico muy popular en Alemania, y así se denominaron los tumultos contra judíos alemanes en 1819).

Brutalidades se perpetraron en Colonia y Wuezburg en Alemania, y en Carenton y Sully en Francia. El famoso maestro Rabenu Jacob Tam fue acuchillado cinco veces en recuerdo de las heridas sufridas por Jesús. Pedro de Cluny (llamado el Venerable) solicitó que el rey de Francia castigara a los judíos por “macular el cristianismo. No debería matárselos, sino hacerlos sufrir tormentos espantosos y prepararlos para una existencia peor que la muerte”. Puede verse que el pretendido celo religioso de estos judeófobos no era sino una máscara para poder descargar sus instintos más sádicos, ideológicamente justificados.

La tregua que se dio a los judíos europeos después de de las dos primeras cruzadas, fue balanceada por las persecuciones a las que los sometieron los almohades en Espana y Noráfrica. Pero cuando Saladino puso fin al reino crusado en Jerusalem, una Tercera Cruzada fue lanzada, a la que se sumaron con entusiasmo el emperador de Alemania y el rey Felipe Augusto de Francia, quien ya había hecho quemar a cien judíos en Bray, como castigo por el ahorcamiento de uno de sus oficiales que había asesinado a un judío.

La novedad de la Tercera Cruzada fue que repercutió más en Inglaterra, que en las dos primeras había tenido un rol menor. Las comunidades judías de Lynn, Norwich y Stamford, fueron íntegramente destruidas. En York, los judíos se refugiaron en el castillo, al que se le puso sitio, y en el que se autoinmolaron a comienzo de la Pascua hebrea.

Para los judíos, las Cruzadas pasaron a simbolizar la inveterada hostilidad del cristianismo. Trescientos rabinos emigraron en el 1211 a Eretz Israel, en la certeza de que si permanecían en Europa Occidental pocas serían sus posibilidades de sobrevivir. Y como lo rubrica Flannery “los que decidieron quedarse terminaron lamentando su decisión”. Al mismo tiempo, el recuerdo de los mártires fue para los judíos una fuente de inspiración para las generaciones posteriores: Dios los había puesto a prueba y demostraron ser héroes. Su martirio fue percibido como una victoria, símbolo del pueblo entero. La mayoría de los que se convirtieron por la fuerza pudieron ulteriormente regresar al judaísmo… y terminaron siendo víctimas de las matanzas que estallaron después. En la percepción del cristiano, el judío se había transformado en el implacable enemigo de su fe.

Las Cruzadas revelaron en toda su dimensión el peligro físico en el que se hallaban los judíos, lo que resultó en dos efectos. En principio, los judíos se mudaron mudarse a ciudades fortificadas en las que serían menos vulnerables (esto puede ser una explicación parcial del carácter urbano de los judíos que fue mencionado en la segunda lección). Segundamente, se instituyó el status de “siervos de la cámara real”. Los judíos compraron la protección de emperadores y reyes a un elevado precio. Se consideraba que tendrían un privilegio si se los protegía del fanatismo de las masas y de la rapacidad de los barones. Pero en poco tiempo la supuesta protección se transformó en un artificio para enriquecer la Corona.

La teología ayudaba. El Papa Inocencio III proclamó la “servidumbre perpetua de los judíos” y el jurista Enrique de Bracton (m.1268) definió que “el judío no puede tener nada de su propiedad. Todo lo que adquiere lo adquiere para el rey”. Para el siglo XIII era un buen negocio poseer algunos judíos, antes de que fueran eventualmente masacrados. Y las matanzas que sucedieron a las Cruzadas probaron ser las más sombrías.

En Rottingen en 1298 un noble llamado Rindfleisch incitó a las masas, que quemaron en la hoguera a la comunidad íntegra. Luego sus Judenschachters (asesinos de judíos) atravesaron Austria y Alemania saqueando, incendiando y asesinando judíos a su paso. Ciento cuarenta comunidades fueron diezmadas; cien mil judíos asesinados.

En el 1306 el rey de Francia hizo arrestar a todos los judíos en un mismo día y les ordenó abandonar el país en el plazo de un mes. Cien mil lo hicieron y se asentaron en comarcas vecinas; nueve anos después fueron readmitidos… para ser nuevamente masacrados.

Un monje benedictino lideró a los Pastoureaux (pastorcitos) en una especie de cruzada que destruyó ciento viente comunidades. En reacción a la matanza de los Pastoureaux en Castelsarrasin y otras localidades entre el 10 y el 12 de junio del 1320, el vizconde de Tolosa comandó una tropa para detener a los revoltosos, y cargó veinticuatro carros de Pastoureaux, a fin de encarcelarlos en el castillo de la ciudad. Sin embargo, el populacho vino en socorro de los saqueadores y los liberó. En efecto, otra característica común de los genocidios es el grado pasmoso de apoyo campesino con el que contaban. Y como es habitual en la judeofobia, lo peor estaba por venir.

En el 1336 John Zimberlin, un iluminado que había “recibido un llamado para vengar la muerte de Cristo matando judíos” lideró a cinco mil enardecidos armados, que usaban bandas de cuero en los brazos (los Armleder) y se lanzaron al asesinato de los judíos alsacianos. En Ribeauville fueron masacrados mil quinientos. Finalmente, el 28 de agosto del 1339 se concluyó un acuerdo entre el obispo de Estrasburgo y Zimberlin, que puso fin a los desmanes.

El séptimo genocidio mencionado en la lista fue el de la Muerte Negra. Una plaga mató a alrededor de un tercio de la población de Europa entre 1348 y 1350 (casi cien millones de personas). Las comunidades judías de Europa fueron exterminadas por el populacho enloquecido por tanta muerte. ?Quién podía ser culpable de la plaga sino el archiconspirador y envenenador, el judío?

El emperador Carlos IV ofreció inmunidad a los que atacaran judíos, otorgándoles sus propiedades a los favoritos de la corte… !incluso antes de que una matanza tuviera lugar! Por ejemplo, le ofreció al arzobispo de Trier los bienes de los judíos “que ya han sido muertos o lo sean en el futuro” y a un margrave de Nurenberg la elección de las casas de judíos “cuando la próxima matanza se lleve a cabo”.

Debido a Hitler que superó a todos, se tiene poco en cuenta los genocidios previos. El ucraniano Bogdan Chmielnicky fue eventualmente olvidado al perder su rol de peor genocida judeofóbico. Combatió la dominación polaca de su país asesinando a más de cien mil judíos en 1648-1649, y hasta hoy es reverenciado como héroe nacional de Ucrania. Así lo describió el cronista de la época, Natan Hanover en su libro Ieven Metzula (”El fango profundo”) págs. 31-32: “A algunos de los judíos les arrancaban la piel y arrojaban su cuero a los perros. A otros les cortaban las manos y los pies y arrojaban a los judíos al camino en donde eran finalmente pisoteados por caballos… Muchos eran enterrados vivos. A los infantes se los mataba en el pecho de la madre; a muchos ninos se los despedazaba como pescado. Desgarraban los vientres de las mujeres prenadas, extraían a los bebés no nacidos y se los tiraban a las madres en las caras. A algunas les abrían el vientre y reemplazaban el feto con gatos vivos y las dejaban así, asegurándose primero de cortarles las manos para que las mujeres no pudieran sacarse el gato de su cuerpo… No hubo nunca en el mundo una muerte no-natural que no les infligieran”.

La pregunta acerca de cuán profundo debe de ser un odio que lleve a semejantes atrocidades, tendrá respuesta parcial en la próxima clase, cuando nos refiramos a la mitología judeofóbica que las sostuvo. Pero adelantemos que tanta muerte atroz debe ser motivo de reflexión. Máximo Kahn, un intelectual judío que escapó de Alemania y se radicó en la Argentina, escribió en 1944: “La muerte de los judíos es, quizá, la más enigmática de todas las muertes; ciertamente es la más acusadora. Durante dos mil quinientos anos se ha venido matando a los judíos en vez de permitir que mueran… Se empezó a matar judíos con tanto éxtasis que la muerte natural ya no les causó terror… los judíos se agarraron a la muerte natural como si fuera vida, como si fuera luz del sol, canto de pájaros, fragancia de flores o amor. Nada les pareció tan apetecible como poder morir sin huellas de homicidio en el cuerpo. Su vida se convirtió en esperar la muerte. Es de extranar que la palabra judío no se haya vuelto sinónimo de moribundo… el judaísmo es una salud incurable”.

El odio ilimitado que se descargó contra los judíos estaba sostenido por un cuerpo mitológico que vamos a revisar en la próxima lección.

Próxima Clase Número Seis: Libelo de Sangre o Asesinato Ritual, Inglaterra, Espana, Italia, En Tiempos Modernos, La Hostia y la Peste Negra.

Agradezco al Dr. Gustavo D. Perednik por facilitarme sus clases sobre el tema aquí expuesto, las cuales fueron publicadas por primera vez en los cursos de la Universidad Judia del Ciberespacio de la Organización Sionista Mundial el departamento de Hagshama.

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Prohibida su reproducción sin la debida autorización del
Dr. Gustavo D. Perednik.


Respuesta a quien utiliza los viejos métodos antisemitas, incluyendo los nazis

Abril 17, 2008

Artículo publicado en el Diario Correo, el miércoles 16 de Abril del presente año, por el Sr. Herman Blanc, Presidente de la Asociación Judía del Perú, en respuesta al artículo publicado en el Diario LA PRIMERA, el sabado 5 de Abril del presente año, por el Sr. César Hildebrandt.

Desde hace más de 2,000 años, en distintas épocas y lugares, cualquier excusa fue válida para acusar a los judíos y justificar la violencia contra todos ellos.

Hace poco revivimos esa misma persecución a través de un artículo titulado “Judíos nazis” firmado por César Hildebrandt y publicado el 5 de abril en La Primera.

La presente nota aclaratoria no busca defender (o no) a las personas a las que Hildebrandt condena, sino desenmascarar a un antisemita que se niega tal. Con su artículo, Hildebrandt violenta los derechos humanos que dice defender. Así, el autor utiliza un título y una serie de afirmaciones en el texto que incriminan a todos los judíos, reproduciendo el más clásico de los antisemitismos, aunque, como otros, niegue que es antisemita.

Para respetar los derechos de todos, entre los que está el de no perseguir a nadie en base a su religión, condición social, género u opiniones, todas estas personas señaladas por Hildebrandt debieron ser identificadas únicamente por sus nombres y apellidos. De hecho, es tan obvia su discriminación que sólo en caso de acusar y recriminar a personas de religión judía la afirma y se regodea con ello. En ningún momento indica el credo de los otros mencionados no judíos.

Por otra parte, para dar fundamento a sus fijaciones contra todos los judíos, de forma manipulada Hildebrandt mezcla sin ningún sentido el enfrentamiento entre Israel y los grupos terroristas palestinos. ¿Es que debemos recordarle al Sr. Hildebrant que Hamas no sólo perpetra actos de terror contra judíos sino también ejerce un cruel terrorismo de Estado contra el pueblo palestino boicoteando toda posibilidad de dos-Estados-para-dos-naciones, como es el sueño de tantos palestinos e israelíes y como está marcado en la hoja de ruta de las conversaciones de Oslo?

La táctica del Sr. Hildebrandt es utilizada desde la izquierda radical hasta el nazismo de ultraderecha, es decir, los extremistas de cualquier signo. Esta consiste en referirse de modo parcializado y sin objetividad a los sucesos del Medio Oriente para reafirmar las “culpas” de los judíos. Se olvidó el Sr. Hildebrandt que en 1948, cuando la ONU resuelve la creación de dos Estados –uno árabe y uno judío– en el territorio ocupado por Gran Bretaña, los ejércitos de nueve países árabes pretendieron echar a los judíos al mar… El maniqueísmo es un mal que afecta a los dogmáticos del odio.

Otra muestra de sus prejuicios antisemitas es su minimización de la dimensión del Holocausto, al comparar a personas de religión judía que en su opinión cometieron arbitrariedades con los jerarcas nazis, que no sólo desarrollaron una criminal propaganda antisemita, sino que llevaron a la práctica el asesinato sistemático del pueblo judío por el único hecho de ser judíos.

Sí pues, César Hildebrandt es antisemita. Triste y vergonzoso.


Judíos nazis

Abril 17, 2008

Artículo publicado en el Diario LA PRIMERA, el sabado 5 de Abril del presente año, por el Sr. César Hildebrandt.

Como Moisés Wolfenson ya está libre sin haber pagado la reparación civil -sí, el Wolfenson que calumniaba a cambio de dinero del SIN y en yunta con Pepe Olaya-, entonces el director de “La Razón” ya puede poner las cartas sobre la mesa. Ya no hay nada que temer. Total, funciona el maridaje del seco aprista y el sashimi de pescado podrido del fujimorismo. ¿No ven al congresista Pando liberado gracias al ausentismo apro-fujimorista? ¿No escuchan al héroe del Frontón, señor Giampietri, defender a Fujimori y no ser rectificado por nadie del gobierno? ¿No dijo García en Tokio que los peruanos admirábamos tanto al Japón que por eso elegimos presidente a un japonés?

Bueno, pues. Entonces ya es tiempo de que Uri Ben Schmuel, tan agazapadamente proisraelí como los Wolfenson y como el Winter ese emparentado con los Wolfenson, diga lo que piensa del grupo Colina, de Martin Rivas y de los derechos humanos.

Y el señor Uri Ben Schmuel, director de “La Razón”, ha sido muy claro.

De Martin Rivas ha dicho que “es un soldado que sirvió a la Patria” (así, con mayúscula). Y ha añadido esta frase que el lodo, fatalmente, no podrá inmortalizar: “Si fuéramos un país agradecido, Santiago Martin Rivas (y, para el caso, también Fujimori) tendría que ser condecorado y no tratado como un criminal…”

¿La Cruz de Barrios Altos para el psicópata que la familia Wolfenson y su escribidor enaltecen? ¿La Orden del Sol en grado de Gran Exterminador? ¿La Medalla del Valor para quien asesinaba estudiantes desarmados y llegó a matar a un niño de ocho años en la masacre de Barrios Altos? ¿O le damos la máxima condecoración que algunos canallas pueden imaginar, es decir la Orden de Ariel Sharon en grado de Sabra y Chatila? ¿Así piensa Azi Wolfenson, el huidizo patriarca familiar que se esmera en pasar por civilizado?

Uri Ben Schmuel llama “operaciones especiales” a los asesinatos del grupo Colina.

Y escribe a continuación:

“Sí, claro, hubo daños colaterales. Pero que no nos vengan con el cuento que (sic) son víctimas inocentes. Para que un civil pueda ser protegido por las leyes, debe evitar tomar parte en las hostilidades y si viola este principio está sujeto a una represalia igual que los cuadros terroristas (sic). En Barrios Altos se planeó el ataque a la escolta de los Húsares de Junín, que mató a seis soldados y dejó a 25 inválidos de por vida. Los autores del atentado de Tarata, donde se asesinó a 25 personas e hirió a 155, se escondieron en La Cantuta”.

Este fujimorista con sede en el Mossad, esta mezcla de Menace Begin y Alberto Pandolfi, difama tumbas y se ensaña con los ajusticiados. Todos sabemos que las víctimas de Barrios Altos, incluyendo el niño que recibió disparos en la cabeza cuando quiso guarecerse en una habitación, nada tenían que ver con Sendero Luminoso. Fue “un mal dato de Inteligencia” el que hizo creer al enfermo mental que es Martin Rivas de que detrás de esa pollada podía estar la gente de Guzmán. Y fue una siniestra presunción la que llevó al mismo grupo de asesinos seriales a matar a quienes extrajeron a la fuerza de La Cantuta, entre los cuales -lo supimos por declaraciones del mismo agente infiltrado que los señaló- hubo cinco personas que ni siquiera merecían ser tildadas de sospechosas.

Pero aun en el caso de que todas las víctimas de Barrios Altos y La Cantuta -incluyamos otra vez al niño de ocho años- hubiesen sido senderistas, ¿es que el plumífero de los Wolfenson justifica el exterminio al margen de toda ley? Sí, este señor ha drenado el siguiente párrafo:

“Porque las eliminaciones selectivas no son violaciones a los derechos humanos, sino un medio eficaz que permite al Estado defenderse de quienes quieren sembrar la muerte y destrucción. Y eso no es “guerra sucia”, como claman los “derechohumanistas”. No existe tal cosa como una guerra “limpia”. Es guerra a secas. Y demanda lo que sea para ganarla”.

Lo que el director de “La Razón” ha escrito parece salido directamente del ministerio de Defensa de Israel o de la oficina de quienes matan a domicilio (y desde el aire) a los líderes de Hamas, movimiento electoralmente invencible en Gaza. El director de “La Razón” supone que está en Tel Aviv y que aquí hacemos lo que las tropas de su país (me refiero al país de sus afectos) hacen, desde 1948, con los palestinos. Lo que pasa es que “las eliminaciones selectivas” no lo son tanto. Por eso es que en la última excursión carnicera al Líbano, la del año 2006, las tropas israelíes mataron a más de mil doscientas personas, un tercio de las cuales eran mujeres y niños. Y por eso es que la más reciente matanza en la Franja de Gaza dejó 116 muertos en sólo 72 horas, un tercio de los cuales eran mujeres escondidas en sus casas y niños escondidos en el regazo de sus madres. A eso llama este sujeto “daños colaterales”.

Una vez libre Moisés Wolfenson, “La Razón” ha vuelto a evocar los peores ejemplos de la familia Wolfenson. Hay que admitir, sin embargo, que ni siquiera Pepe Olaya se había atrevido a tanto. Si en el Perú hubiese antisemitismo -felizmente que estamos libres de esa infección- lo escrito por Uri Ben Schmuel se usaría como atizador. Pero lo que ese señor pretende no saber es que lo que ha escrito podrían haberlo firmado Himmler, Göering y el mismísimo Hitler. El fujimorismo reinterpretado desde los asentamientos ilegales de la Cisjordania, suena a cadena arrastrada, depravación surtida y pestilencia de alma.

Y si el director de “La Razón” desprecia a quienes defienden la vigencia de los derechos humanos, esperamos que nunca necesite apelar a ellos para salvarse de una persecución genocida, como aquella de la que fue víctima su pueblo. Porque el señor director de “La Razón” es humano, aunque haga todo lo posible por disimularlo.


César Hildebrandt, un antisemita Peruano

Abril 16, 2008

César Augusto Hildebrandt Pérez-Treviño

Es considerado uno de los periodistas más influyentes y polémicos del Perú, pero, es un ANTISEMITA manifiesto.

¡No olviden la cara, ni el nombre!


La Naturaleza de la Judeofobia - CLASE CUATRO

Marzo 27, 2008

Dr. Gustavo Daniel Perednik

CLASE CUATRO

Imposición de Bautismos y Sermones - Disputas y Quemas de Libros.

Concluimos nuestra última lección con el libro de Jules Isaac, quien supervisaba la ensenanza de historia en el Ministerio de Educación de Francia. Cuando en 1943 deportaron y asesinaron a toda su familia, Isaac decidió dedicar el resto de su vida al estudio de la judeofobia. En particular, se propuso refutar tres ensenanzas de la historiografía patrística, a saber:

1. que los judíos son deicidas,
2. que su dispersión fue un castigo divino por el rechazo de Jesús como el Mesías,
que su religión estaba corrupta en esa época.

La actitud católica medieval de desprecio a los judíos no excluyó tampoco al principal filósofo medieval cristiano, Tomás de Aquino, citado en nuestra última lección, y quien en 1270 escribía: “Como consecuencia de su pecado, los judíos están destinados a servidumbre perpetua. Los soberanos de los Estados pueden tratar las posesiones de los judíos como si fueran propias, con la única provisión de no privarlos de lo necesario para mantenerse vivos”. Esta recomendación fue gradualmente aceptada por los gobiernos seculares. Bajo influencia de la visión de la Iglesia y sus disposiciones, los judíos fueron sometidos a restricciones, impuestos especiales, y la obligación de usar distintivos en las ropas, entre otras limitaciones.

Si la ensenanza del deprecio se hubiera limitado a la teología, habría causado a los judíos humillación y pesares, pero no habría llegado a ser, como lo fue, motivo de atroces sufrimientos. En la conciencia del cristiano fue penetrando la convicción de que cuando se quería descargar un golpe al diablo, podía hacerse por medio de golpear al judío.

Antes de estudiar cómo la teología de los Padres de la Iglesia se tradujo en acción, veamos cómo se expresó en la ley. El Código de Teodosio II del ano 438 fue la primera colección oficial de estatutos imperiales que sancionaban la inferioridad civil del judío, definido como “enemigo de las leyes romanas y de la suprema majestad” y fue la base sobre la que se regularon los asuntos judíos de ahí en adelante. Así, de las bulas medievales (una bula es un edicto del Papa; bullum es sello en latín) muchas fueron abiertamente judeofóbicas. Vayan algunos ejemplos:<

Etsi non displiceat (1205, Inocencio III) requiere del rey terminar con las “maldades” de los judíos; In generali concilio (1218, Honorio III) exige que los judíos usen ropa especial; Si vera sunt (1239) resultó en la frecuente quema de libros sagrados judíos; Vineam Soreth (1278, Nicolás III) establecía la selección de hombres capacitados para predicar el cristianismo a los judíos; Sancta mater ecclesia (1584, Gregorio XIII) exigía a los judíos de Roma enviar cada sábado cien hombres y cincuenta mujeres para escuchar sermones conversionistas en la iglesia; Cum nimis absurdum (1555, Pablo IV) limitaba las actividades de los judíos y prohibía su contacto con los cristianos; Hebraeorum gens (1569, Pío) acusaba a los judíos de magia y otros males, y ordenaba su expulsión de casi todos los territorios papales; Vices eius nos (1577, Gregorio XIII) demandaba que los judíos de Roma y otros estados papales que enviaran enviar delegaciones a la iglesia.

No siempre esta legislación orientó a reyes y gobernantes. En el ano 830, el obispo Agobardo de Lyons, llamado “el hombre más culto de su tiempo”, se alarmó por las relaciones amistosas que privaban entre su grey y los judíos de la ciudad, que propseraban y lograban que su religión fuera respetada. Agobardo levantó cargos contra los judíos ante el rey Luis el Piadoso, requiriendo un retorno al Código Teodosiano. Su iniciativa no fue bien recibida: el rey, fiel a la línea que había establecido su padre Carlomagno, permaneció bien predispuesto hacia los judíos. Anos después, tampoco el rey Carlos el Calvo aceptó ratificar las normas judeofóbicas del Concilio Eclesiástico de Meaux (845) como le demandaba el obispo Amulo, sucesor y discípulo de Agobardo.

Aquellos reyes fueron los últimos representantes de la era carolingia, durante la que los judíos gozaron de igualdad de derechos. En contraste, por el ano 950 el emperador bizantino Constantino VII promulgó un juramento especial, el Juramentum Judaeorum, que los judíos estaban obligados a tomar en los pleitos con no-judíos. Así fue hasta por lo menos el siglo XVIII. Tanto el texto y el ritual del juramento, expresaban una automaldición impuesta, como podemos ver por ejemplo en el Schwabenspiegel alemán de 1275: “Sobre los bienes por los que este hombre te lleva a juicio… ayudame Dios que has creado cielos y tierra… para que si comes seas impuro… y la tierra te trague… sea verdad lo que has jurado… y que siempre permanezcan sobre ti la sangre y la maldición que tu prosapia ha traído sobre sí misma cuando al torturar a Jesucristo dijeron ‘Sea su sangre sobre nosotros y nuestros hijos’: es verdad… Te ayuden Dios y tu juramento. Amén”.

Juramentos, distintivos y restricciones fueron una pequena parte del repertorio judeofóbico medieval. Una síntesis completa del martirio judío sería muy compleja, porque abarca diferentes geografías y cronologías. Pero plantearemos a continuación siete prácticas que eran comunes en Europa, a saber: el bautismo forzado, los sermones impuestos, las disputas públicas, la quema de libros judíos, los ghettos, las expulsiones y los genocidios.

Imposición de Bautismos y Sermones

Cuando el cristianismo se transformó en la religión dominante en el Imperio Romano (s.IV), multitudes de judíos fueron obligados a bautizarse. El primer relato detallado se remonta al ano 418 en la isla de Minorca. Una ola de conversiones forzadas se expandió por Europa desde que en 614 el Emperador Heraclio prohibió la práctica del judaísmo en el Imperio Bizantino. Muchos lo siguieron, como Basilio I que lanzó una campana en el 873. Durante las Cruzadas miles de judíos fueron bautizados por la fuerza, especialmente en la región del Rhineland. En todos los casos las masas tomaba la ley en sus manos y se imponían a creyentes que se habían preparado para el martirio.

Con todo, la posición oficial de la Iglesia tendió a seguir al Papa Gregorio I (540-604, Padre de la Iglesia medieval) en el sentido de el bautismo no podía ser suministrado por la fuerza. El problema era la definición de forzoso. ?Acaso incluía el bautismo bajo amenaza de muerte? ?Y cuán forzoso era el bautismo bajo el temor de castigos a largo plazo? ?Y el de ninos?

Por ejemplo, el obispo de Clermont-Ferrand, después de que una horda destruyó la sinagoga de la ciudad, recomendó a los judíos el 14 de mayo del 576: “Si estáis dispuestos a creer como yo, convertiros en uno de nuestra feligresía y seré vuestro pastor; pero si no estáis dispuestos, partid de este lugar”. Alrededor de quinientos judíos de Clermont se convirtieron, y hubo celebraciones en la cristiandad. Los otros judíos partieron a Marsella. ?Podía definirse aquella conversión como forzada? O si no, en el 938 el papa le indicó al arzobispo de Mainz que expulsara a los judíos de su diócesis si se negaban a convertirse voluntariamente (insistió en que no se aplicara “la fuerza”).

Dijimos que el otro dilema fueron los casos de ninos. ?A qué edad podía el bautismo considerarse “voluntario” y no un gesto comprado por bagatelas? El mentado Agobardo en el 820 reunió a todos los ninos judíos y bautizó a los que no habían sido alejados a tiempo por sus padres, si le parecían dispuestos a aceptar el cristianismo.

Una de las cláusulas de la Constitutio pro Judaeis, promulgada por papas sucesivos entre los siglos XII y XV, declaraba categóricamente que ningún cristiano debía usar la violencia para forzar judíos al bautismo. Lo que no decía era qué debía hacerse en los casos en que la conversión ya había sido impuesta: si era válida de todos modos o si el judío podía retornar a su fe.

La respuesta es que la condena eclesiástica al bautismo forzado no se modificó, pero su actitud respecto de problemas post-facto se endureció con el transcurrir de los siglos. En una carta de 1201, el Papa Inocencio III estableció que un judío que se sometía al bautismo bajo amenazas, de todos modos había expresado una voluntad de aceptar el sacramento, y por ello no le era permitido renunciar a él posteriormente.

Para el cristianismo medieval, el retorno a la vieja fe era una herejía punible con la muerte. Incluso en el ano 1747 el Papa XIV decidió que una vez bautizado un nino, aun ilegalmente, debía ser considerado cristiano y educado en consecuencia.

Así ocurrió con las olas de bautismos forzados más tardías, en el reino de Nápoles durante las últimas décadas del siglo XIII, y en Espana en 1391, que comenzó con los desmanes que liderara el archidiácono Ferrant Martinez. Cientos de judíos fueron masacrados y comunidades enteras convertidas por la fuerza, y su trágica secuela fue el fenómeno de los marranos (una voz peyorativa para denominar a los Nuevos Cristianos y sus descendientes). Esta gente continuó practicando el judaísmo parcial y clandestinamente, hasta después del siglo XVIII.

En Portugal, miles de judíos se asentaron después de su expulsión de la vecina Espana en 1492. El rey Manuel decidió que para purgar su reino de la herejía, no era necesario expulsar a sus súbditos judíos, quienes constituían un valuable patrimonio económico. En vez de ello, se embarcó en una campana sistemática de conversiones forzadas inicialmente dirigidas contra los ninos, quienes eran arrancados de los brazos de sus padres en la esperanza de que los adultos los siguieran en la cristianización.

La furia de las conversiones en Portugal explica tanto el hecho de que para 1497 no había un sólo judío abiertamente practicante en el país, y también por qué el fenómeno del marranismo fue más tenaz allí hasta el día de hoy.

Un nuevo capítulo en la historia del bautismo forzado comenzó en 1543 con el establecimiento de la Casa de los Catecúmenes (candidatos a la conversión) primero en Roma y luego en muchas otras ciudades. Una década después el papa impuso un impuesto a las sinagogas a fin de costear a los Catecúmenes (ese pago se abolió sólo en 1810).

El converso potencial era adoctrinado por cuarenta días, al cabo de los cuales decidía si convertirse o regresar al ghetto. Toda persona que por cualquier excusa era considerada con inclinaciones al cristianismo, podía ser internada en la Casa de los Catecúmenes para explorar sus intenciones.

Para agravar las cosas, corría una superstición popular según la cual quien lograba la conversión de un infiel se aseguraba así el paraíso. Un tropel de ese tipo de procedimientos se esparció a lo largo y ancho del mundo católico. A mediados del siglo XVIII los jesuitas desempenaron un rol protagónico en la práctica.

Varios casos fueron notorios. En 1762 una horda se avalanzó sobre el hijo del rabino de Carpentras, y lo bautizó en una zanja, por lo que el joven debió abandonar a su familia. En 1783 fueron secuestrados los ninos Terracina para ser bautizados, y se generó una revuelta en el ghetto de Roma. En 1858, la policía papal secuestró de su hogar en el ghetto de Bolonia a Edgardo Mortara, de seis anos, quien había sido secretamente bautizado por una doméstica que lo creyó mortalmente enfermo.

Los Mortara trataron en vano de recuperar a su hijo. Napoleón III, Cavour y Francisco José estuvieron entre los que protestaron el secuestro, y Moisés Montefiore viajó al Vaticano en un esfuerzo estéril por convencer al papa de que ordenara la liberación del nino. La fundación de la Alliance Israélite Universelle en 1860 “para defender los derechos civiles de los judíos” fue en parte una reacción a este caso.

El papa rechazó los pedidos de clemencia y, sólo en 1870, cuando cesó el poder de la policía papal, el nino salió en libertad. Ya no era Edgardo: el joven había decidido adoptar el nombre papal Pío, era un novicio de la orden de los agustinos y un ardiente conversionista en seis idiomas. Su trágico fin fue que falleció en Bélgica en 1940, un par de semanas antes de la invasión alemana que le habría impuesto un retorno a su identidad judia.

Durante el segundo cuarto del siglo pasado, el imperio ruso instituyó el sistema de los cantonistas, sobre los que hablaremos en otra lección, y que involucraba el virtual secuestro de ninos judíos a fin de hacerlos servir militarmente durante varias décadas, con la explícita intención de que abandonaran el judaísmo.

En cuanto a la imposición de sermones a los judíos, también fue pionero el mentado Agobardo. En su Epistola de baptizandis Hebraeis (ano 820) senala que bajo sus órdenes la clerecía de Lyons iba todos los sábados a predicar en las sinagogas, con asistencia obligatoria de los judíos. El sistema se regularizó con la fundación de la Orden Dominica (1216). Una ley de Jaime I de Aragón (1242) que recibió aprobación papal, se refiere a la obligatoriedad de la asistencia. El mismo rey dio la arenga en la sinagoga. En 1279 el rey Eduardo I impuso la práctica en Inglaterra. El siglo XV encontró, entre los predicadores más destacados, a Vicente Ferrer en Espana y Fra Matteo di Girgenti en Sicilia. La práctica se exacerbó a partir de la Contrarreforma, que vino acompanada por una reacción judeófoba.

En Roma, cien judíos y cincuenta judías debían asistir a una iglesia designada para recibir sermones, generalmente de apóstatas que debían ser pagados por la misma comunidad judía. La supervisión de bedeles con varas, aseguraba que nadie se distrajera. Michel de Montaigne registra que en Roma en el 1581 escuchó un sermón de Andrea del Monte, cuyo lenguaje fue tan brutal que los judíos pidieron protección a la curia papal. En 1630 los jesuitas iniciaron los sermones en Praga, y el emperador Ferdinando II los instituyó en en el auditorio de la universidad de Viena, adonde debían asistir doscientos judíos, una parte fija de los cuales debían ser adolescentes.

La imposición de sermones se prolongó por un milenio. Los derogaron la Revolución Francesa, y las tropas napoleónicas que fueron difundiendo las ideas revolucionarias por Europa. Después de la caída de Napoleón, se restablecieron en Italia al regresar el gobierno papal, pero Pío IX finalmente los abolió en 1846. Para esa época el poeta Robert Browning trató de reflejar el sentir judío durante los sermones:

“…cuando entró con alaridos el verdugo en nuestra cerca,
nos aguijoneó como perros hacia el redil de esta iglesia.
Su mano, que había destripado mi talega
ahora desborda para ahogar mis creencias.
Pecan en mí hombres raros que a su Dios me llevan”.

Disputas y Quemas de Libros

La proscripción de la literatura judía comenzó en el siglo XIII, como un derivado de la decisión de 1199, por la que el Papa Inocencio III advirtió a los legos que las Escrituras debían quedar bajo interpretación exclusiva del clero.

En el 1236, el apóstata Nicolás Donin envió desde París un memorandum al Papa Gregorio IX, en el que formulaba treinta y cinco cargos contra el Talmud (que era blasfemo, antieclesiástico, etc). El papa terminó por enviar un resumen de las acusaciones a los eclesiásticos franceses, ordenando que se aprovechara la ausencia de los judíos de sus casas mientras rezaban en las sinagogas, y se confiscara sus libros (3/3/1240). Además se instruía a las Ordenes Dominica y Franciscana en París que “hicieran quemar en la hoguera los libros en los que se encuentraran errores” de corte doctrinario. Indicaciones similares se enviaron a los reyes de Francia, Inglaterra, Espana y Portugal.

Recordemos que el Talmud no empezó a traducirse hasta el siglo pasado, y que su idioma original, el arameo, era conocido sólo por los judíos o los estudiosos del tema. Por ello cuando el hebraísta cristiano Andrea Masio repudió las censuras y quemas de libros judíos, adujo que una condena cardenalicia sobre esos libros era tan válida como la opinión de un ciego sobre diversos colores.

Como consecuencia de la circular de Gregorio IX, también se llevó a cabo la primera disputa religiosa pública entre judíos y cristianos, en París, entre el 25 y el 27 junio del 1240. El Rabí Iejiel que debió defender públicamente al Talmud, no logró evitar que un comité inquisitorial lo condenara. En junio de 1242, miles de volúmenes fueron quemados públicamente.

La práctica fue convirtiéndose en norma, y muchos papas posteriores promovieron la quema del Talmud. Otra disputa famosa se efectuó en Barcelona en el 1263, después de la cual Jaime I de Aragón ordenó a los judíos borrar del Talmud referencias supuestamente anticristianas, so pena de quemar sus libros. También la disputa de Tortosa (1413) concluyó restringid